El honor de Roma by Simon Scarrow

El honor de Roma by Simon Scarrow

autor:Simon Scarrow [Scarrow, Simon]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Histórico
editor: ePubLibre
publicado: 2021-11-01T00:00:00+00:00


CAPÍTULO DIECIOCHO

—¡Oh, Macro! —suspiró Petronela. Sus labios le rozaron torpemente la mejilla antes de encontrar los suyos, y lo besó con fuerza. Repentinamente, luego lo apartó—. ¡Gracias a Júpiter, el Mejor y el Mayor, que estás a salvo!

Lo arrastró a través del umbral, y entonces cerró la puerta y corrió de nuevo el cerrojo. Dentro no estaba oscuro del todo, y Macro pudo ver el resplandor de una luz que venía de la cocina, subrayando el cuerpo de Petronela. Ella lo agarró de la mano y lo condujo hacia el fuego de cocinar que aún ardía, calentando la sala y proporcionando una iluminación rosada. Un ronquido súbito desde el extremo más alejado hizo que se volviera rápidamente y medio desenvainó la espada. Entonces vio que era Denubio, acurrucado de medio lado encima de una alfombrilla. Llevaba un vendaje en torno a la cabeza y tenía una espada colocada en el suelo a su lado. Macro suspiró y guardó de nuevo su hoja en la vaina.

—¿Qué ha pasado, Petronela?

Ella señaló la pequeña mesa con un par de taburetes en el otro extremo de la habitación.

—Siéntate aquí. —Ella se sentó enfrente y lo miró con expresión tensa—. Se han llevado a tu madre. Y al chico.

—¿Quiénes?

—Esos matones. Los hombres de Malvino. El día después de que saliéramos hacia Camuloduno. Denubio dice que vinieron poco después de amanecer, justo cuando abría la taberna. Preguntaron dónde estabas. Tu madre se negó a decírselo, de modo que pegaron al pobre Denubio. Entonces se llevaron a tu madre y a Parvo, y pidieron a Denubio que te pasara un mensaje.

—Sigue —la instó Macro.

—Dijeron… —ella hizo una pausa para recordar los detalles de lo que le habían contado—, dijeron que, si querías volver a verla a ella y al chico, tendrías que volver de Camuloduno lo más rápido posible y reunirte con Malvino en la casa de baños la mañana después de tu vuelta. Si no lo hacías, se asegurarían de que los cuerpos fueran descubiertos flotando boca abajo entre los barcos de carga que usan el muelle.

—Hijos de puta… —gruñó Macro. La violencia de la que era capaz de infligir Malvino revoloteaba en su mente, cada imagen más sangrienta y dolorosa que la anterior. Las apartó a un lado mientras hablaba de nuevo en tono bajo, pero furioso—. ¿Qué quiere de ellos?

—¿Y tú qué crees? Te ofreció un trabajo. Te dio diez días para aceptar, pero tú ignoraste el plazo. Le hiciste quedar mal, de modo que los ha raptado una vez que pasó el décimo día. Es una forma de obligarte a suplicar por sus vidas y una segunda oportunidad para que aceptes sus términos. Necesita humillarte y sabe que harás lo que sea necesario para mantenerlos con vida. Y, si lo vuelves a rechazar, nos matará a todos. Macro, tengo mucho miedo.

Su mente cansada pensó en lo que ella le estaba contando.

—Tienes razón en tener miedo. Yo esperaba que Malvino no se atreviese a hacer daño alguno a un antiguo centurión de la Guardia Pretoriana, pero parece que estaba equivocado.



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